Por
supuesto que cambiar la forma en que se aprende no implica alterar los
fines de la educación, ni imponer un perfil cultural determinado.
Concretamente, las nuevas tecnologías podrán hacer su aporte sobre el
cómo y dónde aprender, pero no son realmente significativas sobre quién
y qué aprende. Que no sean significativas respecto de los contenidos del
aprendizaje, no implica que no se apropien de los mismos y que impongan
al individuo una percepción determinada del mundo del conocimiento.
Promueven cambios en la forma con que las personas se relacionan y ello
nos brinda una nueva perspectiva para ver la realidad.
Hasta el presente, se ha considerado que una persona alfabetizada es
aquella que domina los códigos de la cultura escrita o impresa (sabe
leer) y que, además, dispone de las habilidades para expresarse a través
del lenguaje textual (sabe escribir); puede acceder al libro, al
tecnofacto sobre el cual se construyó la civilización moderna. Pero este
conocimiento parece ahora insuficiente, se ha tornado limitante, ya que
sólo permite acceder a una parte de la información, a aquella que está
en la publicación impresa. El libro, apresuradamente, está dejando de
representar a nuestra cultura. Hoy una persona analfabeta
tecnológicamente queda al margen de la dimensión comunicativa sobre la
cual se construye la sociedad del saber.
Las
«nuevas tecnologías» se componen de diversos sistemas y recursos que
elaboran, procesan, almacenan y transfieren información. Como medio, no
sólo posibilitan el acceso a ingentes cantidades de datos, sino que
establecen también relaciones interactivas, un nuevo espacio de
significados y una comunicación horizontal entre emisores y receptores.
Por ende, se trata de un consumo «personalizable», «a medida», proclive
a la conjunción de redes de difusión e intercambio del conocimiento y a
la profusión de entornos de trabajo cooperativo. Posiblemente se
entenderá mejor este concepto, si reflexionamos acerca de las
«tecnologías tradicionales» (prensa escrita, libros, radio, tv., etc.).
Éstas disponen de una oferta masivamente dirigida, escasamente
especializada, con la pretensión de llegar a la mayor cantidad de
consumidores posibles.
Decir que la comunicación se consume no es una insolencia; por el
contrario, es un signo inequívoco de esta sociedad global.
Efectivamente, los medios tradicionales propician una relación
unidireccional entre el emisor y el receptor; son procesos de
comunicación vertical y con notorios efectos socioculturales, propensos
a una manipulación de la información, la cultura y los valores. Con las
nuevas tecnologías de la información y la comunicación ocurre algo
diferente: todos somos potenciales emisores y receptores. Esto propicia
una horizontalidad del proceso comunicacional.
Viene a ser un factor de democratización. Podría decirse que hasta
libera al individuo. Pero, lamentablemente, su espectacular intrusión en
las actividades humanas, le ha dado también un carácter negativo de
omnipresencia y mística tecnocrática. Se llega a un punto tal, que las
nuevas tecnologías no solo afectan la manera en que llevamos a cabo
nuestras tareas, sino que también tienen consecuencias sobre la forma de
percibir al mundo, sobre nuestras creencias y sobre el modo de
relacionarnos e intervenir en el mundo. En la Internet, en particular,
es donde se abona este terreno fértil de virtualidad, aunque las nuevas
tecnologías no se agotan allí. Por de pronto, esta nueva forma de
compartir recursos físicos, lógicos y humanos, esta suerte de
independencia del individuo con respecto al espacio-tiempo y de su
propia identidad, provoca interrogantes sobre cómo será la dinámica
social, pues se disocia de la tradicional interacción «cara a cara» y
genera nuevos paradigmas sobre cómo se construirán las relaciones
humanas.
En
consecuencia, estimamos que ningún sistema educativo podrá prescindir de
las nuevas tecnologías y, tiempo más, tiempo menos, ellas afectarán
nuestras prácticas pedagógicas en un grado significativo.
LAS PRÁCTICAS PEDAGÓGICAS BAJO EL SIGNO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS
Al
amparo de esta revolución de las comunicaciones ha surgido el concepto
de “enseñanza virtual', en la que el alumno participa del proceso de
enseñanza-aprendizaje sin un régimen de asistencia en una casa de
estudios y haciendo uso de procesos basados en las nuevas tecnologías,
en un marco que puede crearse tanto desde la educación formal, como de
la no formal. Señalaremos aquí una serie de aportaciones
constructivistas, especialmente válidas para los niveles superiores de
la enseñanza.
En
los esquemas de educación virtual, sobresalen la imagen del docente
tutor y la de grupos de aprendizaje cooperativo, pero también tienen
cabida otras modalidades. Por de pronto, el alumno sigue siendo el
constructor de su propio conocimiento, como es .lógico. No basta con
exponerle información a un individuo para que aprenda, sino que es
necesario que construya la información con su propia experiencia
interior. Nada pueden hacer las nuevas tecnologías en ese aspecto. Ya
sabemos que el abordaje pedagógico que subyace a la herramienta virtual
es el verdadero facilitador del proceso cognitivo. Proceso que se
concreta con los esquemas que posea el alumno y, en el mejor de los
casos, con aquellos otros que haya internalizado en experiencias
virtuales previas. Claramente, el conocimiento no es una copia de la
realidad y, mucho menos, de aquella virtualmente representada.
También importa hacer una salvedad importante con respecto a los
conceptos de educación a distancia y educación virtual. No se incluyen
el uno en el otro, pues modelos educativos a distancia han existido
desde mucho antes de la aparición de las nuevas tecnologías. Resultan
inconducentes, eso sí, supuestas rivalidades entre sistemas presenciales
y virtualidad. Simplemente porque los abordajes pedagógicos basados en
el uso de herramientas virtuales no restan, sino que, por el contrario,
contribuyen a ampliar los puntos de contacto con nuestros alumnos
de cursos presenciales de las carreras tradicionales. La educación
virtual es un modelo tan flexible e innovador, que se disocia de las
planificaciones con objetivos a término, posibilitando que la propuesta
curricular y la acción pedagógica avancen de consuno. Efectivamente,
estamos ante un modelo que incorpora elementos que superan la lógica
tradicional del aprendizaje, abriendo espacios para la aplicación de
estrategias discontinuas, tutoriales, cooperativas, atemporales y con la
posibilidad de concretar una secuencialidad de contenidos ajustada a
cada individuo.
En
este contexto, el modelo tiende a eliminar el concepto de «clase
magistral», donde el profesor es el monopolizador del conocimiento
especializado de la asignatura, esto es, quien domina la teoría, los
procedimientos, los métodos y la bibliografía. Esto implica que el
docente deja de ser la única referencia del alumno para acceder al
saber. Por cierto que siempre han existido las bibliotecas, como
alternativa de acceso al conocimiento, a disposición del alumno. Pero
convengamos que, para nuestros jóvenes, la obtención del material
impreso es asumida como una tarea tediosa, especialmente por su escasa
disponibilidad. Además, en las bibliotecas universitarias se acumulan
ejemplares que han formado parte del enfoque tradicional de la cátedra.
Y entonces no estamos hablando de un verdadero acceso alternativo al
conocimiento. Efectivamente, suele haber severas limitaciones a la
selectividad del material, dado que queda favorecida la presencia de
algunos autores en detrimento de otros. Como contraste, las nuevas
tecnologías permiten acceder tanto a la bibliografía que el profesor
pueda dejar para sus alumnos y al material disponible en la biblioteca
de la universidad, como al material de otros profesores y de otras
universidades. En definitiva, significa disponer de, potencialmente,
toda la producción cultural «en línea» (on line).
Las
nuevas tecnologías propician una flexibilización de los tiempos y
espacios, que son aspectos tan condicionantes en las planificaciones
áulicas tradicionales. En consecuencia, ello promueve la incorporación
de colectivos sociales que, por múltiples razones, no suelen formar
parte de planes de carreras presenciales. Cabe esperar, entonces, que
muchas de las ofertas virtuales se presenten como carreras a distancia,
donde se agrupen alumnos de amplias regiones geográficas, incluso de
otras nacionalidades, edades y ocupaciones, pero con el propósito común
de llevar a cabo estudios superiores en su hogar y a partir de su propia
organización temporal. En este caso, la existencia de una mayor cuota de
responsabilidad actitudinal en el alumno, también implica un aumento de
su autonomía. Este rasgo distintivo supone otorgarle al educando una
capacidad decisional con respecto a su propio proceso de aprendizaje. En
consecuencia, el alumno adquiere el dominio sobre su curriculum
formativo, en cuanto a su organización y selección. Y esto genera una
regulación del propio ritmo e intensidad del aprendizaje, favoreciéndose
así los procesos de internalización del conocimiento en sus esquemas
cognitivos previos. Ciertamente, ello exige una dosis aceptable de
motivación, pues sabemos que los aspectos cognitivos del comportamiento
no se producen sin relación con los aspectos sociales, afectivos y
motivacionales. En consecuencia, cualquier abordaje pedagógico de
naturaleza virtual, no puede prescindir de tareas de animación y
acompañamiento, tanto desde lo institucional como desde el cuerpo
docente en particular y, especialmente, por parte de los propios alumnos
a través de grupos de aprendizaje basados en la cooperación. Es allí,
justamente, donde más se manifiesta el estilo institucional y donde
aparecen refuerzos extrínsecos para el comportamiento del alumno. No se
trata aquí de refuerzos externos en el sentido que le otorga el
conductismo, ni mucho menos. Se trata simplemente de que toda persona
persigue una meta en su comportamiento, que no sólo responde a su «yo»
sino también a la valoración social inherente a determinadas
expectativas de logro.
Las
prácticas educativas virtuales están disociadas de una mera recepción y
memorización de contenidos por parte del alumno. En particular, si las
actividades que se despliegan no favorecen la comprensión, los
resultados obtenidos en términos de aprendizaje serán nulos o mediocres.
En consecuencia, el tutor deberá aprovechar las características de las
herramientas tecnológicas para hacer diferentes abordajes pedagógicos,
prestando especial atención tanto a las actividades intencionales como
incidentales. Efectivamente, por un lado los saberes y conocimientos
formarán parte de una permanente búsqueda, análisis y reelaboración que
el alumno debe hacer, tanto por sí mismo cómo cooperativamente. Y, por
otro, la Internet en particular y los procesos multimediales en general,
propician una transversalidad de actividades espontáneas, no orientadas
específicamente al acto educativo, pero que incidentalmente refuerzan la
estructura cognitiva del individuo. Al respecto, es oportuno advertir
que sobre este aprendizaje incidental es donde se construye un nuevo
mundo de significados en los jóvenes que encuentran en la Internet una
extensión de sus relaciones sociales. Tanto desde los cyber como desde
su propia conexión domiciliaria, nuestros adolescentes viven su tránsito
a la adultez plagado de experiencias de intercambio incidentales y
virtuales. Lo que nos está faltando, evidentemente, es el marco
regulatorio que nos brinda un contexto educativo. Al descuidar este
aspecto, estamos haciendo que la institución escuela -y dicho esto ahora
para todos los niveles de la enseñanza- pierda su relación con el
contexto. Y si ello ocurre, tal vez deberíamos comenzar a preguntamos:
¿hasta qué punto es significativo nuestro Proyecto Educativo
Institucional?
ALGÚN EJEMPLO
La
mayoría de los factores que hoy día constituyen las herramientas de la
educación virtual, se encuentran en una etapa que podríamos denominar
«primitiva». Curiosamente, las denominadas redes extensas en general y
la Internet en particular, no forman un sistema de comunicaciones
adecuado. Por el contrario, conviven con los sistemas digitales de
telefonía y las mallas satelitales polivalentes que muy a menudo se
congestionan por el exceso de la transferencia de datos. Esto genera una
severa restricción en las formas que se desarrollan los procesos
computacionales remotos, donde hace falta el acceso concurrente de un
colectivo social a las computadoras, por ejemplo, de un campus virtual
universitario. Esto se agrava con la transmisión de audio y video en
tiempo real, los procesos de simulación de la realidad virtual y la
transmisión multimedia en general: recursos que no pueden ser utilizados
por aquellos alumnos que cuentan con conexiones telefónicas para acceder
a la Internet. Una consecuencia evidente es que las herramientas más
interesantes de las nuevas tecnologías no suelen estar presentes todavía
en los campus virtuales, por más que ellas se encuentren mayormente
desarrolladas. Afortunadamente, los analistas coinciden en que la
situación cambiará drásticamente en muy poco tiempo, pues las
inversiones en telecomunicaciones son muy prometedoras y se encuentran
muy avanzados algunos acuerdos de la industria que favorecen la
construcción de una red de comunicaciones propia para la Internet.
Sin
embargo y aun con sus limitaciones, en los campus virtuales actuales
encontramos bibliotecas electrónicas, foros, aulas virtuales, interfaces
para el intercambio de documentos, videos digitales y tutoriales
interactivos. También encontramos un conjunto de actividades de
extensión cultural que hacen al fortalecimiento de las relaciones entre
los propios alumnos y el resto de la comunidad educativa. En el
conjunto, se distinguen algunos recursos de naturaleza sincrónica, como
las videoconferencias, el chat y todos los expedientes que tengan por
finalidad colocar «en línea» a dos o más individuos. En cambio, son
asincrónicos o indirectos aquellos otros que permiten al alumno dejar
planteada una duda, enviar un trabajo o hacer preguntas concretas a su
docente, utilizando el correo electrónico, los tablones de anuncio, las
listas de discusión y todas aquellas instancias de las nuevas
tecnologías que hacen posible la comunicación en tiempos disociados
entre el emisor y el receptor.
Hemos dicho que el tutor guía y supervisa el proceso de aprendizaje.
Sería ilusorio suponer su prescindencia. Un punto nodal de la práctica
pedagógica virtual se vincula con la formulación de problemas
relevantes, con la planificación de estrategias didácticas que ayuden a
la localización de la información, pero que, sobre todo, le permitan al
alumno hacer un análisis y valoración significativa del material
consultado. En consecuencia, el abordaje pedagógico debe poner especial
acento en las actividades de aprendizaje que promuevan la reconstrucción
del conocimiento por parte del alumno.
Es
claro que una vez establecida la vinculación de los objetivos, los
contenidos y las evaluaciones, la educación virtual no podría contar con
un enfoque único. Se propicia, por el contrario, una multiplicidad de
enfoques para recrear. Por ejemplo, aquellos relacionados con los
«modelos de proceso de la información» emparentados con el método
científico, a partir del desarrollo y aplicación del pensamiento
inductivo y la investigación. Ahí, en particular, se han de poner en
juego estrategias educativas basadas en el planteo de problemas y en
propuestas tendientes a generar la producción de conceptos e
información, recreando sistemas de investigación y relacionando cuerpos
de conocimiento.
Los
foros de discusión, por su parte, son ideales para la recreación de
alguna variante de las técnicas de descubrimiento de Suchman, buscando
la confrontación intelectual en base a problemas concretos e ideas
explorables.
En
cambio, en las aulas tutoriadas por chat y las videoconferencias sería
posible utilizar las técnicas del 'organizador previo' de Ausubel, con
el fin de proporcionar un 'andamiaje intelectual' a los alumnos que les
permita estructurar las ideas y hechos que van a encontrar en el estudio
de los temas, en orden a seleccionar, organizar y presentar la
información nueva. No planteamos la aplicación del modelo de
procesamiento de la información con exclusión de otros. En ocasiones
será, por ejemplo, necesario concentrarse en el dominio de otras
herramientas de uso práctico y, llegado el caso, hasta ser conductistas.
Este enfoque puede parecer demasiado ecléctico, pero si los contenidos
de los planes de enseñanza tienen por objetivo desarrollar distintos
tipos de capacidades, debieran también existir maneras diferentes de
aprender. En definitiva, y sin agotarse allí, los entornos virtuales
favorecen tanto la aplicación de las técnicas por descubrimiento,
con el objetivo de permitir dominar los conceptos teóricos centrales,
como la aplicación de las técnicas del organizador previo donde
el tutor proporciona directamente conceptos y principios que refuerzan
las estructuras cognitivas existentes.
Como el alumno es quien regula sus propios tiempos de aprendizaje y
dispone de una alta independencia, es fácil advertir que el modelo
virtual se basa en una estructura débil. En efecto, el profesor actúa de
consejero y adjudicador de tareas. En otras ocasiones, como en el caso
de un aula virtual de tipo sincrónica, el docente es un animador
o facilitador de la actividad del grupo que se reúne. Si bien durante
los contactos sincronizados va a existir un conjunto de roles y normas
previamente establecidos entre docentes y alumnos (pautas de
convivencia, horarios de consultas, adjudicación de tareas, alcances del
régimen de tutoría, etc), su regulación, tiempos y formas reales no son
impuestas desde el exterior sino que están bajo el propio control de las
partes. Lo mismo ocurre con los principios de atención del alumno. Para
favorecer la construcción del conocimiento, es conveniente que los
tutores mantengan durante el proceso una conducta lo menos evaluadora
posible y se esfuercen más en fomentar la actividad creadora e
investigativa. Especialmente, se debe evitar que las instancias de
evaluación se transformen en el objetivo central del proceso
instructivo. En contrapartida, en la medida de lo posible, es preferible
insertar criterios de autoevaluación. Si bien las instancias de
evaluaciones finales son necesarias, el énfasis real de las otras
evaluaciones debería estar en la verificación y corrección de la propia
práctica pedagógica y en control de lecturas. No menos cierto es que el
éxito de este modelo está estrechamente vinculado al sistema de apoyo
que se tenga instrumentado. Por lo tanto, el tutor debe estar muy bien
entrenado en el manejo de relaciones sociales (debe tener dominio de de
las aulas virtuales) y disponer de una personalidad paciente y
comprensiva. Sin duda, deberá armarse de esquemas de seguimiento para
cada alumno, que sean fiables para interpretar y describir la evolución
de cada uno de ellos en sus estudios.
Evidentemente, la lista de ejemplos no se agota aquí ni mucho menos.
Tampoco pretendimos ser exhaustivos. Tan solo procuramos aproximar
algunas ideas para reflexionar sobre ellas. Las formas finales que
asuman las prácticas pedagógicas en un contexto de enseñanza virtual
requieren más investigación y experimentación; pero sobre todo, exigen a
los docentes hacer una nueva síntesis procedimental y actitudinal.
CONCLUSIÓN
En
la primera parte de este artículo nos hemos referido al desplazamiento
del libro como representante de nuestra cultura. Esperamos que esta
imagen no haya resultado demasiado agresiva. En realidad, no creemos en
la muerte del libro, al menos en el sentido con que el posmodemismo
emite sus certificados de defunción. Pero lo cierto es que las nuevas
tecnologías ofrecen formas muy eficaces de presentar contenidos e
información diversa. Para quienes nos hemos formado «entre libros», esto
nos parecerá extraño y provocador. Las nuevas generaciones ni siquiera
se hacen este cuestionamiento: «consumen cultura» en la forma como se
les presenta. El problema consiste en que nuestros enfoques educativos
son renuentes a las instancias virtuales en el abordaje pedagógico, y,
en consecuencia, no advierten las representaciones intermedias que se
hacen nuestros alumnos del propio fenómeno virtual ni la medida de su
reorganización cognitiva. Evidentemente, nos falta una teoría del
aprendizaje sustentada en las nuevas tecnologías. De esta forma, el
sistema educativo se corre a sí mismo del centro de la escena y deja
huérfano de marcos regulatorios a uno de los principales escenarios de
interacción en los cuales nuestros jóvenes en general y las próximas
generaciones en particular, construyen su propio mundo de significados.
Y
ello, claro está, es algo sobre lo cual los docentes debemos comenzar a
reflexionar.