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01 de abril del 2007
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Rincón oriental: J.
Krishnamurti |
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A los pies del maestro
[ Editorial Kier ] |
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Hay muchos individuos
para quienes la cualidad "Carencia de deseos" es verdaderamente difícil,
porque sienten que sus deseos son ellos mismos, y que si desechan sus
deseos peculiares sus gustos y disgustos, dejará de existir su yo. Pero
esto les sucede tan sólo a quienes no han visto al Maestro. A la luz de
su Santa Presencia se extinguen todos los deseos, menos el de igualarse
a Él. Sin embargo, antes que gocéis, de la felicidad de encontraros
frente a frente con Él, podréis alcanzar, si queréis, la "Carencia de
deseos". |
El Discernimiento os ha mostrado ya que las cosas que los
hombres más desean, como la riqueza y el poder, no tienen valor alguno.
Cuando esto no se dice tan sólo, sino que se siente en verdad, cesa todo
deseo de ellos.
Así pues, todo eso es sencillo; sólo se requiere que lo
comprendáis. Pero hay algunos que cesan de perseguir los bienes terrenales,
con el fin de ganar el cielo o alcanzar la liberación personal del
renacimiento; no debéis caer en este error. Si habéis olvidado al yo, no
podéis pensar en la hora en que este yo sea libre o qué clase de cielo
tendrá. Recordad que todo deseo egoísta ata, por elevado que sea su objeto,
y en tanto no os hayáis librado de él no estaréis enteramente preparados
para dedicaros a la labor del Maestro.
Cuando desaparezcan todos los deseos que se refieren al yo,
todavía puede existir el deseo de ver los resultados de vuestra obra. Si
ayudáis a alguien, querréis ver en cuánto lo habéis ayudado; aun tal
vez queréis que aquel a quien habéis ayudado, también lo vea y os lo
agradezca. Esto es todavía deseo, y, además, falta de confianza.
Cuando hacéis todo el esfuerzo que podéis para ayudar, debe dar
un resultado, tanto si podéis verlo como sí no; si reconocéis la manera de
obrar de la Ley, sabéis que esto es así. Por esto debéis obrar rectamente
por amor a lo recto, no con esperanza de recompensa; debéis trabajar por
amor al trabajo, no por la esperanza de ver el resultado; debéis entregaros
al servicio del mundo, porque lo amáis y no podéis dejar de entregaros a él.
No deseéis poderes psíquicos; ya vendrán cuando el Maestro
comprenda que debéis tenerlos. Además, es esforzarse en adquirirlos trae
consigo, muy a menudo, gran perturbación; frecuentemente, a su poseedor le
descarrían los falaces espíritus de la naturaleza, o se envanece y cree que
él no puede caer en error; y el tiempo y el esfuerzo que emplea para
alcanzar estos poderes podría emplearlos, de cualquier otro modo, en
trabajar para los demás. Los poderes vendrán en el curso del desarrollo;
deben venir; y si el Maestro ve que es útil que los tengáis antes, os
enseñará a desarrollarlos sin peligro. Hasta entonces, estaréis mejor sin
ellos.
Además, debéis precaveros de ciertos pequeños deseos que son
comunes en la vida diaria. No deséis jamás brillar o parecer superior en
ningún sentido; no habléis mucho. Es mejor hablar poco; es mejor todavía
callar, hasta que estéis seguros de que lo que vais a decir es verdadero,
bueno y puede ayudar a otros. Antes de hablar, pensad cuidadosamente si lo
que vais a decir posee estas tres cualidades; si no es así, no lo digáis.
Lo mejor es acostumbrarse desde el primer momento a pensar
cuidadosamente antes de hablar, porque cuando alcancéis la Iniciación debéis
fijaros en cada palabra, no sea que digáis lo que no debe decirse. Mucha
habladuría vulgar es insensata y vana; cuando es chismosa, es maligna. Así,
acostumbraos a escuchar, mejor que a hablar, no expongáis opiniones, a menos
que os las pidan directamente. En resumen; las cualidades son: saber oír,
querer y callar; y la última es la más ardua de todas.
Otro común deseo que debéis reprimir severamente es el de
inmiscuiros en los asuntos de los demás. Lo que otro haga o diga o crea, no
es cosa vuestra, y debéis aprender a dejarlo completamente solo. Él tiene
perfecto derecho al pensamiento, palabra y acción libres, mientras no se
meta con otro. Así como vosotros reclamáis la libertad de hacer lo más
conveniente, debéis concederle la misma libertad, y cuando la usufructúa no
tenéis ningún derecho a ocuparos de él.
Si pensáis que obra equivocadamente, y podéis hallar oportunidad
de decirle privadamente y con la mayor delicadeza vuestra opinión, es
posible que lo convenzáis; pero hay muchos casos en que, aun de esta manera,
la intervención sería impropia. Nunca debéis hablar a una tercera persona
acerca del asunto, porque ésta es una acción muy baja.
Si veis un caso de crueldad contra un niño o un animal, vuestro
deber es defenderlos. Si estáis encargado de instruir a otra persona, es
vuestro deber reprender afectuosamente sus faltas. Excepto en semejantes
casos, ocupaos de vuestros propios asuntos y ejercitad la virtud del
silencio. |
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