—¿Cómo
lograr serte útil entre la gente?
—Pues
no tienes más que cambiar ese carácter agrio que tienes y desear luego
el bien a todo el mundo.
—¿Cómo
mudar de carácter?
—Pues
es muy sencillo, amigo mío: seguir el ejemplo de los buenos que nunca
han faltado entre los hombres.
—¿Cómo
reconocerlos?
—Por
sus obras que llevan un sello particular. La mejor forma de adorar a
Dios es el silencio. La humildad nos acerca a El y nos aleja del peor
enemigo: el orgullo, que es sinónimo de despotismo y causa del extravío
y la perdición. Tu tesoro está escondido
dentro de tu buen carácter. Y mientras no tengas un espíritu estrecho,
el mundo se te hará muy ancho y accesible para lograr en él un digno
lugar.
Un
espíritu excelso y un carácter noble son patrimonio de gente bien
nacida,
"Dos
cualidades no se juntarán en un creyente —dijo Mahoma—la avaricia y el
mal carácter."
El mal
carácter es como un traje andrajoso. El hombre de mal carácter no tiene
compostura; es como el árbol amargo que, por más que untes su tronco con
miel, su fruto será siempre amargo.
Un
árabe pidió la mano de una muchacha y después de hablarle de su origen,
de su riqueza y del palacio en que vivía, terminó advirtiéndole:
—Pero
tengo mal carácter.
—Entonces, te falta todo —replicó la novia, y lo rechazó.
Costumbres y hábitos.
La costumbre es un poder temible, y el ser actúa conforme con las
costumbres del ambiente en que ha vivido; mas el hombre de carácter deja
pasar por el tamiz de su discernimiento lo bueno y lo malo para desechar
esto último.
La
costumbre es una segunda naturaleza, dice un axioma.
Hacemos
daño al hombre cuando le pedimos hacer lo que no está dentro de sus
posibilidades o hábitos. Es como si pidiésemos agua a la roca.
Cuanto
más se simula la verdad, tanto más se aleja uno de ella.
Un
amigo de Yáffar Ben Mohámad reprochó a éste su excesiva generosidad. Por
lo cual replicó: "Dios me ha dotado de una costumbre que le prometí
seguir hasta la muerte. Si la dejo, puede que Dios me quite su gracia
divina."
Decid a
la gente palabras buenas, dulces, tiernas, generosas y comprensivas.
Contestad a las buenas palabras con otras mejores; por cuanto el que las
dice es digno de todo nuestro afecto y respeto.
La cara
afable es un aviso de la conciencia, que anuncia la proximidad de una
esperanza. Es a la vez la red de la amistad.
Cuidar
a la gente es una caridad. Las dos terceras partes de la existencia son
debidas al mutuo cuidado de la gente.
Dijo
Moawía: "Si entre los hombres y yo existiese un pelo, éste no se
rompería; porque si ellos quisieran estirarlo, yo lo soltaría y
viceversa."
La cara
es el espejo del alma. La verdadera belleza radica en el
rostro y en el carácter. Faltando alguno de estos atributos, la belleza
está hecha a medías.
Los
filósofos árabes decían: "Rara vez un bello semblante está acompañado de
un alma perversa —y agregaban—: Todos los profetas fueron de rostro
perfecto y hermoso y de almas puras."
Iben
Dalbar, el astrólogo, decía: "El signo de Júpiter es la felicidad,
porque su cara es hermosa."
Sobre el barro está dibujada tu suerte,
y es
porque me basta leerla en tu semblante.
DE
LA ARMONÍA Y LA FUERZA ESPIRITUAL
A
veces ríen los dientes
en momentos en que sangra el corazón.
Aconsejaba Mahoma no reír con exceso, porque según un Hadís,
el excesivo reír debilita el corazón.
En el
Qorán hay una sura que dice: "¿No será hora ya de que los
corazones de los fieles veneren con respeto el recuerdo de Alah?
Glorificad la sabiduría y no abuséis de la risa si no queréis ser
repudiados por los corazones."
La
excesiva risa es efecto de la falta de carácter y un engendro de la
ligereza.
Se rió
Isaac en presencia de Al Mamún, al extremo de abrir demasiado la boca,
en forma poco propia de una hora como aquélla. Ordenó Al Mamún se le
quitase la espada y el manto, y se le trajese el mandil de las tertulias
y festines, y le dijo:
—El
vino te es más propicio ahora.
—¡Perdóname, oh. Príncipe de los Creyentes! Jamás lo volveré a hacer.
Y así
como fue perdonado, no volvió más Isaac a reírse en toda
su vida.
¡Cuan
abominable es la risa sin motivo!
Mahoma
condenaba al hombre que mentía al solo objeto de hacer reír a la gente.
Y decía: "Un hombre así es indigno de la compañía de la gente seria."
Me
hirió con su saeta y me dio a beber el acíbar, y luego dijo que
bromeaba
conmigo.