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01 de abril del 2007

 
Rincón oriental: Pedro Guraieb volver

 

Sabiduría árabe
[ Editorial Kier S.A.]

Del buen y mal carácter. Acepta las excusas y escúdate en la paciencia. Cubre con tus alas a los que te siguen de los fíeles. La modestia es, pues, la base primordial de la armonía y la paz entre los que creen en Dios.

Conquistad a los hombres, no por vuestras espadas, ni por el dinero, sino con vuestro carácter noble y dócil.

—¿Cómo lograr serte útil entre la gente?

—Pues no tienes más que cambiar ese carácter agrio que tienes y desear luego el bien a todo el mundo.

—¿Cómo mudar de carácter?

—Pues es muy sencillo, amigo mío: seguir el ejemplo de los buenos que nunca han faltado entre los hombres.

—¿Cómo reconocerlos?

—Por sus obras que llevan un sello particular. La mejor forma de adorar a Dios es el silencio. La humildad nos acerca a El y nos aleja del peor enemigo: el orgullo, que es sinónimo de despotismo y causa del extravío y la perdición.                            Tu tesoro está escondido dentro de tu buen carácter. Y mientras no tengas un espíritu estrecho, el mundo se te hará muy ancho y accesible para lograr en él un digno lugar.

Un espíritu excelso y un carácter noble son patrimonio de gente bien nacida,

"Dos cualidades no se juntarán en un creyente —dijo Mahoma—la avaricia y el mal carácter."

El mal carácter es como un traje andrajoso. El hombre de mal carácter no tiene compostura; es como el árbol amargo que, por más que untes su tronco con miel, su fruto será siempre amargo.

Un árabe pidió la mano de una muchacha y después de hablarle de su origen, de su riqueza y del palacio en que vivía, terminó advirtiéndole:

—Pero tengo mal carácter.

—Entonces, te falta todo —replicó la novia, y lo rechazó.

Costumbres y hábitos. La costumbre es un poder temible, y el ser actúa conforme con las costumbres del ambiente en que ha vivido; mas el hombre de carácter deja pasar por el tamiz de su discernimiento lo bueno y lo malo para desechar esto último.

La costumbre es una segunda naturaleza, dice un axioma.

Hacemos daño al hombre cuando le pedimos hacer lo que no está dentro de sus posibilidades o hábitos. Es como si pidiésemos agua a la roca.

Cuanto más se simula la verdad, tanto más se aleja uno de ella.

Un amigo de Yáffar Ben Mohámad reprochó a éste su excesiva generosidad. Por lo cual replicó: "Dios me ha dotado de una costumbre que le prometí seguir hasta la muerte. Si la dejo, puede que Dios me quite su gracia divina."

Decid a la gente palabras buenas, dulces, tiernas, generosas y comprensivas.

Contestad a las buenas palabras con otras mejores; por cuanto el que las dice es digno de todo nuestro afecto y respeto.

La cara afable es un aviso de la conciencia, que anuncia la proximidad de una esperanza. Es a la vez la red de la amistad.

Cuidar a la gente es una caridad. Las dos terceras partes de la existencia son debidas al mutuo cuidado de la gente.

Dijo Moawía: "Si entre los hombres y yo existiese un pelo, éste no se rompería; porque si ellos quisieran estirarlo, yo lo soltaría y viceversa."

La cara es el espejo del alma. La verdadera belleza radica en el rostro y en el carácter. Faltando alguno de estos atributos, la belleza está hecha a medías.

Los filósofos árabes decían: "Rara vez un bello semblante está acompañado de un alma perversa —y agregaban—: Todos los profetas fueron de rostro perfecto y hermoso y de almas puras."

Iben Dalbar, el astrólogo, decía: "El signo de Júpiter es la felicidad, porque su cara es hermosa."

Sobre el barro está dibujada tu suerte,

y es porque me basta leerla en tu semblante.

DE LA ARMONÍA Y LA FUERZA ESPIRITUAL

A veces ríen los dientes
en momentos en que sangra el corazón. 

Aconsejaba Mahoma no reír con exceso, porque según un Hadís, el excesivo reír debilita el corazón.

En el Qorán hay una sura que dice: "¿No será hora ya de que los corazones de los fieles veneren con respeto el recuerdo de Alah?

Glorificad la sabiduría y no abuséis de la risa si no queréis ser repudiados por los corazones."

La excesiva risa es efecto de la falta de carácter y un engendro de la ligereza.

Se rió Isaac en presencia de Al Mamún, al extremo de abrir demasiado la boca, en forma poco propia de una hora como aquélla. Ordenó Al Mamún se le quitase la espada y el manto, y se le trajese el mandil de las tertulias y festines, y le dijo:

—El vino te es más propicio ahora.

—¡Perdóname, oh. Príncipe de los Creyentes! Jamás lo volveré a hacer.

Y así como fue perdonado, no volvió más Isaac a reírse en toda su vida.

¡Cuan abominable es la risa sin motivo!

Mahoma condenaba al hombre que mentía al solo objeto de hacer reír a la gente. Y decía: "Un hombre así es indigno de la compañía de la gente seria."

Me hirió con su saeta y me dio a beber el acíbar, y luego dijo que bromeaba conmigo.

 

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