Brindavan - 26/1/90
Es
imposible aprehender la realidad, esto que para nosotros constituye lo
real en lo cotidiano; no nos es permitido conocer. Sólo nos conectamos
con la impresión que lo externo produce en nosotros. Conocemos eso y a
eso lo llamamos conocimiento del objeto. No puedo conocer al otro: sólo
conozco la impresión interna que el otro produjo en mí, y me conecto con
eso. El otro queda fuera de mi posibilidad de conocimiento, ya que nunca
sabré qué tan completamente lo percibo, o qué tan idénticamente a él
mismo lo puedo incorporar.
En
última instancia el hombre sólo puede conocer su propia interioridad, es
lo único con lo que se vincula. Toca algo y cree que lo
aprehende, sin darse cuenta de que lo percibido no es el objeto en sí,
sino la sensación que el contacto con el objeto produjo en su sentido
del tacto, que es limitado, y que envía a sus centros nerviosos
impresiones del objeto que no son el objeto si-
no una
representación sensorial del mismo que el individuo organiza en su
interior, de acuerdo a su particular sistema de asociaciones plasmado a
partir de su historia personal y constitución biológica, psicológica,
emocional y espiritual.
La luz
impacta en una superficie; ésta absorbe todo el espectro salvo un color.
Yo miro al objeto y digo que tiene ese color, el único no absorbido, no
incorporado. Así, digo "alfombra roja" cuando rojo es el color —el
único— que la alfombra no posee, pero sí es el único que yo percibo. O
sea que nunca conoceré el color real del objeto. ¿Cómo lo podría
conocer?
¿Cómo
será, en verdad, el timbre de la voz de Swami? A mí me llegó suave,
baja, oscura, algo velada. Por supuesto que es indescriptible; no podría
compararla con la de nadie conocido. La reconocería con facilidad, es
una voz tan peculiar ("...esa voz de inigualable acento", como reza un
soneto místico). La onda sonora de la voz de Baba atravesó el aire entre
nosotros, impresionó
mi
sistema auditivo y llegó a través de mis nervios a mi órgano interno de
percepción. Allí fue dirigida, decodificada como onda sonora, asociada
con toda la gama de registros mnémicos; se vinculó con mi afectividad.
¿Cuánto de la voz de Swami fue lo que realmente percibí? En realidad me
puse en contacto —conocí— sólo mi propia respuesta al impacto de la onda
vibratoria de su voz en mi interior, me conocí a mi misma a partir de
eso, y a eso lo llamé "la voz de Swami". ¿Será por esto que el cruce de
miradas produce tanto impacto? Percibo dentro de mí mi respuesta ante la
imagen de otro introyectada, y esa impresión me dice que el mismo
proceso se está dando en el interior del otro, en forma simultánea:
sabemos que ambos estamos en contacto con nuestra respuesta producida
por la visión recíproca, y la pregunta es inmediata: "¿qué sentirá?",
sabiendo que no somos nosotros los percibidos, la percepción de nuestra
imagen es el medio para que el otro se perciba a sí mismo reaccionando
ante la imagen nuestra, nada más.
Nunca
seremos vistos, nadie puede ver a nadie, sólo podemos percibirnos a
nosotros mismos reaccionando ante nuestra interioridad. Así, ¿cómo es
posible conocer? Quizás por esto la única pregunta que cabe sea: "¿Quién
soy?"; quizás por esto la única recomendación posible sea: "conócete a
ti mismo"; de ahí la afirmación de que todo está adentro de uno, aun el
otro, aun el universo, aun Dios.
Entonces llega Swami, da la vuelta al árbol y, al pasar a nuestro lado,
nos deja ver Sus ojos llenos de sabiduría. ¿Cómo seremos para El? ¿Qué
verá de nosotros, de nuestro yo, nuestra naturaleza, nuestra esencia? ¿A
qué profundidades llegará su mirada dentro de nuestro espíritu, allí
donde palpita el llamado más hondo, ése con el que Dios nos llama, ése
con que nosotros Lo llamamos a El? ¿Será por eso que es tan compasivo?
Porque Swami nos mira y sabe, sabe lo que nosotros no sabemos, de la
vida, del mundo, de nuestro destino. Swami, bendito. Sé que el escucha
mi verdadera voz.
-
Entonces, Señora lo impermanente, ¿no es real?
- Dices
bien.
-
Siendo así, ¿cómo puedo nombrarlo? "Todo aquello para lo que existe una
palabra, es", leí en una ocasión. Por lo tanto, si digo "río", aunque
sea impermanente, en el momento en que lo nombro, lo afirmo, lo convoco,
lo reconozco como siendo; ¿cómo, entonces, puedo decir que no es real,
Señor?
- Lo
nombras como ilusorio, que es la verdad inherente a lo impermanente. Lo
no real no tiene como cualidad el que no puedas definirlo, más bien es
al contrario. ¿Acaso puedes tú nombrar a lo Absoluto? ¿Puedes
denominar a Dios? ¿Qué palabra alcanzaría para definirlo? Ahora dime: el
hecho de no tener una palabra para llamar al Innombrable, ¿lo hace a El
impermanente? No se le puede asignar a la palabra el valor de denominar
a lo real.
-
Entonces, ¿qué es la palabra Señor?
- Una
limitación. Oye bien: la palabra humana es una limitación.
- El
nombre de Dios, ¿lo limita a Dios, Maestro?
- El
nombre de Dios aproxima a Dios a la dimensión humana para que el hombre
pueda nombrar al Señor y, así, concebirlo. Aun el nombre de Dios es para
el hombre una dimensión inabarcable; no creas que por pronunciar la
palabra que a El Lo nombra, alcanzas tú la comprensión total del
significado del término por el que así Lo denominas.
El
significado del nombre de Dios es tan inconcebible como el mismo; no
obstante, se te da para que lo vislumbres y, nombrándolo lo ames y
puedas recibir amor de él. Por eso se te enseña que pases del nombre a
la forma y de la forma al nombre, no porque puedas abarcarlos, sino para
que tengas un destello de la magnificencia inherente a ambos.
- Con
el resto de las palabras, ¿ocurre lo mismo, Señor?
- No
siempre. En ocasiones las palabras son insuficientes para explicar una
emoción, una vivencia. Pero esto no es imputable sólo a la limitación de
las palabras como símbolo.
- ¿A
qué es imputable, Maestro?
- Al
miedo que el hombre tiene de conocer más allá de sí; entonces congela
toda posibilidad de abrirse a la comprensión profunda del símbolo y lo
reduce, lo acorta. De otro modo sería transformado con sólo pronunciar
alguna vez el pranava Om. Toda palabra lleva en sí la energía del Verbo
Divino, por eso da el conocimiento directo, tanto como la experiencia de
Dios.
-
¿Existe alguna palabra que no sea divina, Señor?
- No,
todas devienen de Su esencia y de Su sustancia.
- ¿Por
qué hablaste entonces de la palabra humana, Maestro?
-
Porque el hombre la pronuncia sin saber que es divina, entonces lo
inherente a ella no se puede manifestar ante su conciencia. La Divinidad
está, tú no la percibes. Si un hombre no advierte que la copa es de oro
y da con ella de beber a su cabra, no es culpa de la copa, cuyo
valor no disminuye por el mal uso que se le da; es culpa de la
ignorancia del dueño de la cabra. Así con las palabras, así con todo. Si
no adviertes en todo a la Divinidad, no puedes imputarlo a su ausencia
sino a tu ceguera, ¿lo ves?
- En lo
impermanente, ¿también está Dios, Señor?
- Tanto
como en todo. Lo impermanente, lo ilusorio, es el juego de Dios para que
el hombre aprenda a identificar aquello verdadero a lo que debe dedicar
su vida. ¿Tienes dudas aún?
-
Señor, mi duda es mi ignorancia; te doy las gracias por Tu paciencia y
por el don de Tu sabiduría sobre mí.
-
Vuelve a preguntarme. No puedes avanzar si la maleza te sujeta los pies.
Muéstramela y te ayudaré a quitarla del camino.