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01 de abril del 2007

 
Rincón oriental: Graciela Busto volver

 

Discernimiento y conocimiento
Un camino de amor
[ Errepan 1991 ]

No te mires en los demás para evaluar tu vínculo conmigo. Tu relación conmigo es cosa nuestra de nadie mas. Lo que hago con otros no te incumbe. Tampoco te involucra. Lo que hago contigo es cosa tuya y no se relaciona con nadie más . Yo no comparo,  yo doy a cada quien lo que le hace falta en una relación exclusiva de amor e intimidad.

Nuestra unión es irrepetible, ¿qué tienes que explicar a otros o mirar al costado para ver qué recibe tu vecino? Si tomo tus cartas y no las de él, ¿qué puedes concluir? ¿Qué sabes tú de mis motivaciones? ¿Por qué supones que tus códigos son aplicables  a la razón de Dios? La comparación es madre de la envidia, del orgullo, de la frustración, de la ira y de la autocompasión. Deja de mirarte en el otro. Mírame a Mí, que soy tu espejo y el único reflejo por el que te debes preocupar.

- Maestro, a que etapa del camino espiritual corresponde el contento?

- A todas. El contento es el condimento que sazona cada bocado no importa el plato que hayas preparado La sal es la misma para un puñado de arroz que para uno de lentejas; tiene la propiedad de resaltar el sabor de cada uno en especial, de modo que tú no dices "como sal", sino "como arroz" o "lentejas". El contento es la base del modo como llevas a cabo cada tramo en este camino no podría ser el mismo, una etapa.

- Cada etapa, ¿suple totalmente a la otra, Maestro?

- Las etapas son divisiones arbitrarias marcadas al sólo fin de que el hombre pueda comprender aspectos parciales de un todo; nadie puede decir "ya terminé con el discernimiento, comenzaré ahora a conocer", ni "ahora que soy libre, podré ocupar mi tiempo en desapegarme"; los aspectos son interdependientes, se suman, se complementan, no son compartimientos estancos. Si digo que debes comenzar por un punto es porque ese punto resulta esencial para la actitud que te conviene asumir si quieres avanzar, tal el caso de la verdad. Si no eres veraz, si no comienzas trabajando ese aspecto en ti misma, ¿cómo podrías alcanzar verdadero amor, o desapego, o fe? Pero luego, el amor, el desapego y la fe te ayudaran a ser más y más veraz; crecerás en cada  aspecto de manera simultánea. Aun el encuentro con Dios se da desde un comienzo, a pesar de que todavía necesitas muchísimo para crecer; sin embargo, ese encuentro aparece después como lo más elevado, como la culminación del  camino. Son niveles; vas avanzando apoyándote en todos los aspectos porque todos están en ti. A medida que caminas de la mano del Señor se van ampliando, desplegando.

Mira; es imposible mejorar en un aspecto sin que esto tenga una influencia benéfica en los otros. ¿Logras verlo?

- ¿Qué es el contento, Señor?

- El contento es alegría deliberada.

- ¿Puede la felicidad ser deliberada, Señor?

- Yo no hablé de felicidad sino de alegría. La felicidad es la exaltación de la afectividad por un logro por lo tanto es un estado temporario , aún cuando el logro sea permanente.

- ¿Por qué temporario, Maestro?

- Porque toda exaltación es un equilibrio, y ningún desequilibrio es permanente

- La alegría, ¿sí lo es, Señor?

- La alegría es la emoción que acompaña al contento. El contento es un estado del ser, es un tono, una sintonía, una frecuencia vibratoria. Es un punto en la escala cromática en el que uno se coloca, primero voluntariamente. A esa vibración corresponde la alegría, que se adosa, se da a uno por simpatía, por acople armónico, ¿lo ves? El contento es una disposición, un punto de vista, un modo particular de percepción.

- ¿Por qué es voluntario, Señor?

- Por todo lo que dije; si es un punto de vista, es variable a voluntad, puedes elegir.

- ¿Cómo puedo elegir un punto de vista, Señor, si en general es la emoción lo que me sitúa en uno o en otro?

- Siendo dueña de tus emociones. Si eres ^desapegada^ puedes mirarte a ti misma actuar desde un punto de vista, y variar a otro más saludable. De hecho, ése es el modo de ejercitar ser cada día mas dueña de ti.

- Maestro, en el fondo ¿no es —más que alegría— resignación?

- El contento es, sobre todo conciliación. Te permite establecerte en la alegría que implica agradecimiento, entusiasmo y buen ánimo ante toda circunstancia, por oposición a la condenación de tu suerte, a la rebeldía y al desánimo o la tristeza. El contento no es resignación porque el que se resigna abandona deja de lado, claudica; no acepta: sino que sufre; no concilia sino que aguanta ¿ves la diferencia? El contento, que es conciliación, te permite integrar los aspectos negativos de una situación; no rechazas nada, integras, rescatas así lo positivo que todo acontecimiento negativo conlleva; no te opones, permites fluir no dejas de agradecer te elevas, te acercas más a Dios. Al principio el contento les una decisión, un ejercicio, un aprendizaje, un ensayo constante. Más adelante pasa a ser una disposición natural, una respuesta armónica, una confluencia "de "toda” tu energía hacia ese punto; entonces toda respuesta surge desde allí. Es necesaria una atención constante, una determinación muy serena y muy firme. Logrado eso nada te puede abatir.      

Brindavan - 26/1/90

Es imposible aprehender la realidad, esto que para nosotros constituye lo real en lo cotidiano; no nos es permitido conocer. Sólo nos conectamos con la impresión que lo externo produce en nosotros. Conocemos eso y a eso lo llamamos conocimiento del objeto. No puedo conocer al otro: sólo conozco la impresión interna que el otro produjo en mí, y me conecto con eso. El otro queda fuera de mi posibilidad de conocimiento, ya que nunca sabré qué tan completamente lo percibo, o qué tan idénticamente a él mismo lo puedo incorporar.

En última instancia el hombre sólo puede conocer su propia interioridad, es lo único con lo que se vincula. Toca algo y cree que lo aprehende, sin darse cuenta de que lo percibido no es el objeto en sí, sino la sensación que el contacto con el objeto produjo en su sentido del tacto, que es limitado, y que envía a sus centros nerviosos impresiones del objeto que no son el objeto si-

no una representación sensorial del mismo que el individuo organiza en su interior, de acuerdo a su particular sistema de asociaciones plasmado a partir de su historia personal y constitución biológica, psicológica, emocional y espiritual.

La luz impacta en una superficie; ésta absorbe todo el espectro salvo un color. Yo miro al objeto y digo que tiene ese color, el único no absorbido, no incorporado. Así, digo "alfombra roja" cuando rojo es el color —el único— que la alfombra no posee, pero sí es el único que yo percibo. O sea que nunca conoceré el color real del objeto. ¿Cómo lo podría conocer?

¿Cómo será, en verdad, el timbre de la voz de Swami? A mí me llegó suave, baja, oscura, algo velada. Por supuesto que es indescriptible; no podría compararla con la de nadie conocido. La reconocería con facilidad, es una voz tan peculiar ("...esa voz de inigualable acento", como reza un soneto místico). La onda sonora de la voz de Baba atravesó el aire entre nosotros, impresionó

mi sistema auditivo y llegó a través de mis nervios a mi órgano interno de percepción. Allí fue dirigida, decodificada como onda sonora, asociada con toda la gama de registros mnémicos; se vinculó con mi afectividad. ¿Cuánto de la voz de Swami fue lo que realmente percibí? En realidad me puse en contacto —conocí— sólo mi propia respuesta al impacto de la onda vibratoria de su voz en mi interior, me conocí a mi misma a partir de eso, y a eso lo llamé "la voz de Swami". ¿Será por esto que el cruce de miradas produce tanto impacto? Percibo dentro de mí mi respuesta ante la imagen de otro introyectada, y esa impresión me dice que el mismo proceso se está dando en el interior del otro, en forma simultánea: sabemos que ambos estamos en contacto con nuestra respuesta producida por la visión recíproca, y la pregunta es inmediata: "¿qué sentirá?", sabiendo que no somos nosotros los percibidos, la percepción de nuestra imagen es el medio para que el otro se perciba a sí mismo reaccionando ante la imagen nuestra, nada más.

Nunca seremos vistos, nadie puede ver a nadie, sólo podemos percibirnos a nosotros mismos reaccionando ante nuestra interioridad. Así, ¿cómo es posible conocer? Quizás por esto la única pregunta que cabe sea: "¿Quién soy?"; quizás por esto la única recomendación posible sea: "conócete a ti mismo"; de ahí la afirmación de que todo está adentro de uno, aun el otro, aun el universo, aun Dios.

Entonces llega Swami, da la vuelta al árbol y, al pasar a nuestro lado, nos deja ver Sus ojos llenos de sabiduría. ¿Cómo seremos para El? ¿Qué verá de nosotros, de nuestro yo, nuestra naturaleza, nuestra esencia? ¿A qué profundidades llegará su mirada dentro de nuestro espíritu, allí donde palpita el llamado más hondo, ése con el que Dios nos llama, ése con que nosotros Lo llamamos a El? ¿Será por eso que es tan compasivo? Porque Swami nos mira y sabe, sabe lo que nosotros no sabemos, de la vida, del mundo, de nuestro destino. Swami, bendito. Sé que el escucha mi verdadera voz.

- Entonces, Señora lo impermanente, ¿no es real?

- Dices bien.

- Siendo así, ¿cómo puedo nombrarlo? "Todo aquello para lo que existe una palabra, es", leí en una ocasión. Por lo tanto, si digo "río", aunque sea impermanente, en el momento en que lo nombro, lo afirmo, lo convoco, lo reconozco como siendo; ¿cómo, entonces, puedo decir que no es real, Señor?

- Lo nombras como ilusorio, que es la verdad inherente a lo impermanente. Lo no real no tiene como cualidad el que no puedas definirlo, más bien es al contrario. ¿Acaso puedes tú nombrar a lo Absoluto? ¿Puedes

denominar a Dios? ¿Qué palabra alcanzaría para definirlo? Ahora dime: el hecho de no tener una palabra para llamar al Innombrable, ¿lo hace a El impermanente? No se le puede asignar a la palabra el valor de denominar a lo real.

- Entonces, ¿qué es la palabra Señor?

- Una limitación. Oye bien: la palabra humana es una limitación.

- El nombre de Dios, ¿lo limita a Dios, Maestro?

- El nombre de Dios aproxima a Dios a la dimensión humana para que el hombre pueda nombrar al Señor y, así, concebirlo. Aun el nombre de Dios es para el hombre una dimensión inabarcable; no creas que por pronunciar la palabra que a El Lo nombra, alcanzas tú la comprensión total del significado del término por el que así Lo denominas.

El significado del nombre de Dios es tan inconcebible como el mismo; no obstante, se te da para que lo vislumbres y, nombrándolo lo ames y puedas recibir amor de él. Por eso se te enseña que pases del nombre a la forma y de la forma al nombre, no porque puedas abarcarlos, sino para que tengas un destello de la magnificencia inherente a ambos.

- Con el resto de las palabras, ¿ocurre lo mismo, Señor?

- No siempre. En ocasiones las palabras son insuficientes para explicar una emoción, una vivencia. Pero esto no es imputable sólo a la limitación de las palabras como símbolo.

- ¿A qué es imputable, Maestro?

- Al miedo que el hombre tiene de conocer más allá de sí; entonces congela toda posibilidad de abrirse a la comprensión profunda del símbolo y lo reduce, lo acorta. De otro modo sería transformado con sólo pronunciar alguna vez el pranava Om. Toda palabra lleva en sí la energía del Verbo Divino, por eso da el conocimiento directo, tanto como la experiencia de Dios.

- ¿Existe alguna palabra que no sea divina, Señor?

- No, todas devienen de Su esencia y de Su sustancia.

- ¿Por qué hablaste entonces de la palabra humana, Maestro?

- Porque el hombre la pronuncia sin saber que es divina, entonces lo inherente a ella no se puede manifestar ante su conciencia. La Divinidad está, tú no la percibes. Si un hombre no advierte que la copa es de oro y da con ella de beber a su cabra, no es culpa de la copa, cuyo valor no disminuye por el mal uso que se le da; es culpa de la ignorancia del dueño de la cabra. Así con las palabras, así con todo. Si no adviertes en todo a la Divinidad, no puedes imputarlo a su ausencia sino a tu ceguera, ¿lo ves?

- En lo impermanente, ¿también está Dios, Señor?

- Tanto como en todo. Lo impermanente, lo ilusorio, es el juego de Dios para que el hombre aprenda a identificar aquello verdadero a lo que debe dedicar su vida. ¿Tienes dudas aún?

- Señor, mi duda es mi ignorancia; te doy las gracias por Tu paciencia y por el don de Tu sabiduría sobre mí.

- Vuelve a preguntarme. No puedes avanzar si la maleza te sujeta los pies. Muéstramela y te ayudaré a quitarla del camino.

 

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